Una sala amplia con techos altos tiene su encanto, pero también un problema: puede resultar fría. El espacio se vuelve inmenso y los muebles parecen pequeños, lejos unos de otros. En lugar de llenarla de objetos, conviene dividir la sala en zonas y llevar la vista hacia abajo. Con lo que ya tienes en casa se puede lograr un ambiente cálido y cercano.
Dividir en zonas
Piensa en la sala como varias habitaciones pequeñas. Puede haber una zona para sentarse, otra para comer y otra para leer o trabajar. Cada zona necesita sus propios muebles, su alfombra y su luz. Un sofá colocado de espaldas al resto de la sala forma una separación natural, y una estantería baja puede hacer lo mismo. Así, la sala pierde su aspecto de pasillo enorme.
Aparta los muebles de la pared. En una sala grande, los sofás pegados a las paredes dejan un vacío en el centro que enfría el conjunto. Acércalos unos pasos y crea grupos. Una alfombra bajo cada grupo ayuda a delimitar la zona y hace que la sala se vea más recogida.
Bajar la vista
Los techos altos atraen la mirada hacia arriba. Para equilibrarlo, coloca cosas que te lleven abajo: lámparas de pie, plantas grandes, cuadros a la altura de los ojos. Una lámpara colgante sobre la mesa ayuda a definir el espacio si la tienes. Las cortinas largas, que llegan hasta el suelo, añaden calidez y ocultan el frío de las ventanas.
Los textiles suavizan el eco y la dureza de una sala grande. Mantas sobre el sofá, cojines, alfombras y cortinas gruesas la hacen más acogedora. Si tienes una tela grande o un tapiz, puedes colgarlo en una pared para romper la superficie lisa.
Las luces también ayudan. Varias lámparas bajas, repartidas por la sala, crean pequeños círculos cálidos y hacen que la habitación se sienta menos vacía. Apaga la luz del techo por la noche.
Al final, una sala grande solo necesita que le des escala humana. Con zonas claras, luz baja y tejidos suaves, se convierte en un lugar donde uno se siente protegido, y el techo alto pasa a ser una ventaja: da aire y calma a todo lo demás.