Cuando un padre o una madre se hace mayor, la casa que conoce de memoria puede empezar a resultarle menos cómoda. Los rincones oscuros, los muebles en mitad del camino o las alfombras sueltas complican los movimientos cotidianos. Con algunos cambios pequeños en el salón se puede lograr un espacio más claro, más cálido y más fácil de recorrer. Lo más importante es hacerlo juntos y respetar sus gustos.
Empezar por hablar
Antes de mover nada, siéntate con tu padre o tu madre y pregúntale qué le resulta incómodo. Quizá no ve bien al leer, se cansa al cruzar la habitación o tiene dificultades para levantarse de un asiento bajo. Escuchar es el primer paso. Nadie quiere que le cambien la casa sin preguntar, y las cosas que le son familiares le dan seguridad. Explica cada cambio y acepta que decida él o ella.
Más luz, mejor luz
Abre las cortinas durante el día y limpia los cristales para que entre toda la luz posible. Acerca su sillón favorito a la ventana. Por la noche, coloca lámparas donde las pueda encender fácilmente, sin tener que cruzar la habitación a oscuras. Una lámpara junto al sillón, otra junto al sofá y una luz suave en el pasillo hacen mucho. Elige una luz cálida y comprueba que los cables queden pegados a la pared.
Caminos despejados
Recorre el salón fijándote en lo que puede estorbar. Retira los muebles que están en mitad del paso, guarda las alfombras pequeñas que se doblan o asegúralas bien, y deja espacio entre el sofá y la mesa. Pon a su alcance lo que usa cada día, como el mando de la televisión, las gafas, un libro y la manta. Un asiento firme, con brazos, es más fácil de usar que uno muy blando.
Mantén lo que es importante para su vida: las fotografías, la mesa de siempre, los objetos con historia. Un salón despejado no tiene por qué ser impersonal.
Estos cambios son solo prácticos y no requieren más que sentido común. Con paciencia y cariño, el salón se vuelve un lugar donde se está a gusto. Visita después de unos días, pregunta cómo se siente y ajusta lo que haga falta.